Un poco de historia. El baño de la cava

Torreón sobradamente conocido y estudiado por todos los que han tratado los monumentos toledanos, apoyo literario de una, también muy conocida, leyenda sobre el último rey godo y, en la realidad, punto inicial, puerta o torre donde se amarraba un antiguo puente de barcas que precedió en el tiempo al muy próximo  de San Martín. Conserva aún dos puertas de acceso al puente desaparecido, a distinto nivel en la fachada NE la más elevada y en la NO la más baja sin duda para utilizarlo según el distinto nivel que alcanzaran las aguas; ambas se unen frente a otra que se abre hacia el río. Desde el interior, una estrecha escalera accedía al piso superior, totalmente reconstruido ya. En la orilla opuesta quedan sólo los cimientos de una torre similar al “Baño”.

Rodrigo Amador de los Ríos, a base de sus elementos constructivos, la calificó de árabe sobre cimientos romanos, y habría que añadir a estas dos etapas otra cristiana en la que se construyó la puerta de mayor elevación, enfilada con el puente y con arco gótico utilizando como columna un cipo sepulcral musulmán. Documentalmente costa que existía ya en el año 1165, en el que se cita al puente de San Martín y que no puede ser el actual, datable como máximo a comienzos del XIII y reparado –casi reedificado por completo-  a expensas del arzobispo don Pedro Tenorio.

También musulmana sin duda es la coracha defensiva que, detrás de esta cabeza de puente pero muy próxima, impedía a quienes sitiaran la ciudad el cerco completo de ésta y facilitaa a la vez la aguada  a los sitiados. Tal coracha existía ya en el año 1101 en que Alfonso VI “mandó facer” la muralla desde la “taxada” del “puent de la piedra” hasta “la otra taxada que va al río en derecho de San Estevan”, es decir, hasta la inmediata a esta Baño de la Cava. En ella se abría una modesta puerta, abierta hace algunos años tras de mucho tiempo  tapiada;  siendo restaurada (más bien reinventada, con un arco que no tenía) en la reciente reconstrucción del Baño en 1947; portillo que debe ser relativamente moderno y con fines meramente utilitarios, aunque algún autor la identificaba con la puerta de Bib-al-Chasron de época árabe, lo que no creemos fundado.

Apoyándose en la inscripción barroca adosada al puente actual de san Martín, se afirma que el de barcas que nos ocupa fue destruido en el año 1203 por una crecida extraordinaria del río, suceso que sin citar a esta puente expresamente ya recogían los Anales Toledanos Primeros. Que antes de tal año ya había un puente en este lugar, como antes dijimos, está claramente documentado, y con su existencia puede datar de la época romana, no sólo por los sillares –tal vez reutilizados- que forman sus hiladas inferiores, sino porque tuvo que haber un paso para la calzada romana a Emérita que iba por la izquierda del río. Inutilización de este de la Cava con carácter definitivo debió producirse al volcar el río el pilar que, ya dentro del agua, formaba también parte del viaducto y que, si no se destruyó en 1203 gravemente, sí le volcaría la corriente dos años después, haciendo aconsejable por esta repetición del daño la erección de un puente más seguro.

Por ello nació el de San Martín, cuya construcción resultó tan solida que ninguna crecida ha llegado a afectarle ni a acusar síntomas de vejez, pese al uso inadecuado a que se le ha sometido últimamente, excavándole para enterrar en él la conducción de aguas del Torcón y soportando un tráfico rodado nada  recomendable para su buena conservación.

Por cierto que el autor de tan estimable obra permanecía anónimo y lo mismo su fecha de construcción; solo se sabe que fue reconstruido por orden del arzobispo Tenorio, como dijimos, reparando los destrozos voluntariamente causados en él por los toledanos en  1368 , a fin de impedir la entrada en la ciudad de los Trastámaras. Según relata el canciller Ayala, batiendo las tropas de los bastardos el torreón de salida.

Cortaron los toledanos el arco –no sabemos si el central- del puente, que debió quedar inutilizado o sustituido por un paso provisional hasta que lo reparó el buen arzobispo, tan amigo de las obras públicas y militares que han llegado a nuestros días.

En mejor estado, por cierto, que su propia capilla sepulcral, tan merecedora de una restauración que nunca llega, aunque tanto la obra como su fundador merecerían una atención cuidadosa, al fin iniciada en 2002.

Textos sacados de "Historias de las calles de Toledo" de Julio Porres.